Yo
¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Por qué quiero lo que quiero?
Hay una pregunta que no me puedo sacar de encima desde chico: ¿qué hago con mi vida? No en el sentido práctico —qué estudiar, de qué trabajar—, sino en uno más terco: ¿qué haría que valga la pena haberla vivido?
Durante años esa pregunta me paralizó más de lo que me orientó. Cada vez que una decisión podía torcer mi futuro, hacía lo posible por no decidir, por miedo a equivocarme y a invertir mal el tiempo. El resultado era el contrario del que buscaba: al no arriesgar —ni por éxito ni por fracaso— dejaba que mi vida se pareciera a cualquier otra. Una vida estándar, que no había elegido yo. En algún momento me cansé de eso. Quería una vida pensada por mí, para mí. No una que simplemente me pasara.
Con el tiempo entendí algo que me ordenó: no busco una pasión ni un rubro. Busco vivir una vida plena, y para mí una vida plena es una vida con sentido. Encontrar ese sentido es de lo que se trata. No lo tengo resuelto —cada vez que intenté definir qué me hace feliz, la respuesta me cambiaba al día siguiente—. Pero eso mismo me enseñó que no era un destino a fijar, sino una dirección a revisar. Vengo escribiendo esta pregunta desde los doce o trece años, en libretas, en documentos, en la cabeza, y cada versión corrige a la anterior. Este sitio es la última de esas versiones. También va a estar equivocada; por eso está hecho para revisarse.
La respuesta cómoda es: viene de mí. Hay un yo que quiere, que elige, y sus deseos son suyos porque él los produce. Lo creí así mucho tiempo.
Pero cada vez que empujé la pregunta un poco más, se me deshacía en las manos. Si soy honesto, mis ganas de una vida con sentido, mi apuro, hasta mi idea de qué cuenta como "pleno", se parecen sospechosamente a la época, la familia, la lengua y la ciudad en las que crecí. Ya lo había anotado hace años, medio incómodo: que aquello que quiero podría ser el producto de estímulos, química y ambiente que nunca elegí. La introspección, sola, no llega hasta ahí. Puedo mirar hacia adentro todo lo que quiera, pero el que mira es, en parte, lo que habría que explicar.
Conclusión parcial — revisable
Empiezo por mí, entonces, pero con una grieta a la vista: tengo una pregunta genuina sobre mí mismo que, mirándome por dentro, no alcanzo a responder. Para entender qué quiero, primero tengo que entender de dónde sale el que quiere. Ahí empieza el camino.
// Trastienda · Estación 01 — Yo
Por qué está construida así
Abrimos en primera persona y con material real, no con una tesis. Una meditación empieza por el observador (Descartes); y no hay «vista desde ningún lado»: todo conocimiento sale de alguien parado en algún lugar. Nombrarlo de entrada es honestidad, no vanidad.
Evidencia de la decisión
El texto no está inventado. Se apoya en documentos que vengo escribiendo desde los ~13 años: las mismas preguntas, la misma búsqueda de una vida con sentido, la misma sospecha de que mis deseos son producidos. El recorrido reconstruye esa autobiografía intelectual con rigor.
Estado / certeza de la decisión
Alta en los hechos personales (son míos). Nula en cualquier afirmación general: esta estación no sostiene todavía ninguna tesis sobre el mundo, sólo instala la pregunta.
Objeción abierta
¿Abrir por el «yo» se lee como narcisismo o solipsismo? El riesgo es real. Se mitiga porque la estación siguiente disuelve de inmediato ese yo soberano: empezar por uno mismo es, justamente, el gesto que el recorrido va a poner en cuestión.